“Colorear el inicio de cada día con
una sonrisa augura una maravillosa jornada”.
El alma vuela muy alto al amar y cae abatida con el desamor. . . Amo a la vida en todas sus manifestaciones y al Amor mismo ; La Poesía me permite expresarlo !
jueves, agosto 04, 2016
miércoles, noviembre 18, 2015
* Sugar * (Biografía de una Adorable Mascota)
Como un copo de algodón
de enrulada fantasía,
voy de rincón en rincón
repartiendo mi alegría.
Nunca estoy de mal
humor,
siempre espero una
caricia,
y mi donación de amor
contrapongo a la
avaricia.
Mis grandes ojos café
te miran con
transparencia,
devolviéndote la fe,
borrando toda carencia.
Como un pompón agitado
en cada nueva mañana,
te prometo ilusionado
alborozo en caravana.
Soy dulce como la miel;
Sugar me han puesto por
nombre,
transpiro amor por la
piel ,
soy “fiel amigo del
hombre”.
jueves, octubre 22, 2015
El Flamboyant
Se extiende un manto de
flores
a los pies del
Flamboyán;
rivalizan en colores
con las que en la copa
están.
De naranja se han pintado
con soplos de
primavera,
las aves han anidado,
cobró vida la pradera.
Bajo los dorados rayos,
sonriéndole al sol
están
los alegres papagayos,
de añil, rubí y
azafrán.
Las sutiles mariposas
con sus alas de
cristal,
revolotean primorosas
aplaudiendo el
festival.
Las guacharacas golosas,
se han acercado a mirar
y con sus voces
ruidosas,
también quieren
celebrar.
Es una grandiosa fiesta
la de la naturaleza,
que los sentidos despierta
y al espíritu embelesa.
Leyla Martin.
Octubre 2015. (Derechos Reservados ANP)
martes, octubre 20, 2015
El Luto del Cristofué...
Ay, mi Cristofué
querido,
hoy has perdido a tu
amor.
Con el corazón herido,
te abruma tanto dolor.
Tu hermosa dama café
fue presa de un
espejismo;
quebrando su buena fe
la precipitó al abismo.
Cegada por su
ignorancia,
la traicionó el
resplandor,
en la falsa
transparencia
de un cristal
embaucador.
Su vuelo se interrumpió
abrupta y certeramente,
la fatalidad rompió
su futuro tristemente.
Creyó que abría sus
alas
hacia el espacio
infinito;
la muerte enfiló sus
balas
enmudeciendo su grito.
Su recuerdo has de
guardar
en tu pecho atesorado;
juntos no podrán volar,
se convirtió en tu
pasado.
En cada nueva alborada,
tu canto se ha de escuchar
en memoria de tu amada:
¡es tu forma de
llorar!
Leyla Martin.
Septiembre 17,
2015. (Derechos Reservados ANP)
domingo, agosto 16, 2015
Leyla Martin - Frases: Si nos cambian por algo mejor...
"Si nos cambian por algo mejor, duele . . . pero si el relevo es por algo peor, solo podemos compadecernos del pobre ser que teníamos al lado y dar ¡gracias a Dios por nuestra suerte!"
jueves, enero 08, 2015
"Las Uvas del Tiempo" (De Otros Autores)...
Madre:
esta noche se nos muere un año.
En esta ciudad grande, todos están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como que todos tienen su madre cerca...
En esta ciudad grande, todos están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como que todos tienen su madre cerca...
¡Yo estoy tan solo, madre,
tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo,
y
el recuerdo es un año pasado que se queda.
Si vieras, si escucharas este alboroto:
hay
hombres vestidos de locura, con cacerolas viejas,
tambores de sartenes, cencerros y cornetas;
el hálito canalla de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.
Ésta es la noche en que todos se ponen
en los ojos la venda,
para olvidar que hay alguien que está cerrando un libro,
para no ver la periódica liquidación de cuentas,
donde van las partidas al Haber de la Muerte,
por lo que viene y por lo que se queda,
porque lo que sufrimos se ha perdido
y lo gozado ayer es una pérdida.
Aquí es de tradición que en esta noche,
cuando el reloj anuncie que el Año Nuevo llega,
todos los hombres coman, al compás de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
tambores de sartenes, cencerros y cornetas;
el hálito canalla de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.
Ésta es la noche en que todos se ponen
en los ojos la venda,
para olvidar que hay alguien que está cerrando un libro,
para no ver la periódica liquidación de cuentas,
donde van las partidas al Haber de la Muerte,
por lo que viene y por lo que se queda,
porque lo que sufrimos se ha perdido
y lo gozado ayer es una pérdida.
Aquí es de tradición que en esta noche,
cuando el reloj anuncie que el Año Nuevo llega,
todos los hombres coman, al compás de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
Pero
aquí no se abrazan ni gritan: ¡Feliz Año!,
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos caridad;
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos caridad;
la
alegría de cada cual va sola,
y
la tristeza del que está al margen del tumulto
acusa
lo inevitable de la casa ajena.
¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes
sin conocerse, con la buena nueva!
Las manos que se buscan con la efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo, bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
«¡Venid compadre, que las horas pasan;
pero aprendamos a pasar con ellas!»
Y el cañonazo en la planicie,
y el himno nacional desde la iglesia,
y el amigo que viene a saludarnos:
«-feliz año, señores», y los criados que llegan
a recibir en nuestros brazos
el amor de la casa buena.
Y el beso familiar a medianoche:
«-La bendición, mi madre»
«-Que el Señor te proteja...»
Y después, en el claro comedor, la familia
congregada para la cena,
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
¡Madre, cómo son ácidas
las uvas de la ausencia!
¡Mi casona oriental!
¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes
sin conocerse, con la buena nueva!
Las manos que se buscan con la efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo, bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
«¡Venid compadre, que las horas pasan;
pero aprendamos a pasar con ellas!»
Y el cañonazo en la planicie,
y el himno nacional desde la iglesia,
y el amigo que viene a saludarnos:
«-feliz año, señores», y los criados que llegan
a recibir en nuestros brazos
el amor de la casa buena.
Y el beso familiar a medianoche:
«-La bendición, mi madre»
«-Que el Señor te proteja...»
Y después, en el claro comedor, la familia
congregada para la cena,
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
¡Madre, cómo son ácidas
las uvas de la ausencia!
¡Mi casona oriental!
Aquella
casa con claustros coloniales,
portón
y enredaderas,
el molino de viento y los granados,
los grandes libros de la biblioteca,
mis libros preferidos: tres tomos con imágenes
que hablaban de los reinos de la Naturaleza.
Al lado, el gran corral, donde parece
que hay dinero enterrado desde la Independencia;
el corral con guayabos y almendros,
el corral con peonías y cerezas
y el gran parral que daba todo el año
uvas más dulces que la miel de las abejas.
Bajo el parral hay un estanque;
un baño en ese estanque sabe a Grecia;
del verde artesonado, las uvas en racimos,
tan bajas, que del agua se podría cogerlas,
y mientras en los labios se desangra la uva,
los pies hacen saltar el agua fresca.
Cuando llegaba la sazón tenía
cada racimo un capuchón de tela,
para salvarlo de la gula
de las avispas negras,
y tenían entonces
una gracia invernal las uvas nuestras,
arrebujadas en sus telas blancas,
sordas a la canción de las abejas...
Y ahora, madre, que tan solo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo la uva de los meses
sobre el recuerdo de la viña seca,
siento que toda la acidez del mundo
se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura
las uvas de la ausencia.
Y ahora me pregunto:
¿Por qué razón estoy yo aquí?
el molino de viento y los granados,
los grandes libros de la biblioteca,
mis libros preferidos: tres tomos con imágenes
que hablaban de los reinos de la Naturaleza.
Al lado, el gran corral, donde parece
que hay dinero enterrado desde la Independencia;
el corral con guayabos y almendros,
el corral con peonías y cerezas
y el gran parral que daba todo el año
uvas más dulces que la miel de las abejas.
Bajo el parral hay un estanque;
un baño en ese estanque sabe a Grecia;
del verde artesonado, las uvas en racimos,
tan bajas, que del agua se podría cogerlas,
y mientras en los labios se desangra la uva,
los pies hacen saltar el agua fresca.
Cuando llegaba la sazón tenía
cada racimo un capuchón de tela,
para salvarlo de la gula
de las avispas negras,
y tenían entonces
una gracia invernal las uvas nuestras,
arrebujadas en sus telas blancas,
sordas a la canción de las abejas...
Y ahora, madre, que tan solo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo la uva de los meses
sobre el recuerdo de la viña seca,
siento que toda la acidez del mundo
se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura
las uvas de la ausencia.
Y ahora me pregunto:
¿Por qué razón estoy yo aquí?
¿Qué
fuerza pudo más que tu amor,
que
me llevaba a la dulce anonimia de tu puerta?
¡Oh miserable vara que nos mides!
¡El Renombre, la Gloria..., pobre cosa pequeña!
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,
cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!
Y ésta es la lucha ante los hombres malos
y ante las almas buenas;
yo soy un hombre a solas en busca de un camino.
¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda
que a ti me lleva, madre; la vereda que corta
por los campos frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico, muchachas de la aldea,
hombres que dicen: «Buenos días, niño»,
y el queso que me guardas siempre para merienda?
Esa es la Gloria, madre, para un hombre
que se llamó fray Luis y era poeta.
¡Oh mi casa sin críticos, mi casa donde puede
mi poesía andar como una reina!
¿Qué sabes tú de formas y doctrinas,
de metros y de escuelas?
Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, yo soy grande; cuando dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas...
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde todo!
¡Oh miserable vara que nos mides!
¡El Renombre, la Gloria..., pobre cosa pequeña!
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,
cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!
Y ésta es la lucha ante los hombres malos
y ante las almas buenas;
yo soy un hombre a solas en busca de un camino.
¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda
que a ti me lleva, madre; la vereda que corta
por los campos frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico, muchachas de la aldea,
hombres que dicen: «Buenos días, niño»,
y el queso que me guardas siempre para merienda?
Esa es la Gloria, madre, para un hombre
que se llamó fray Luis y era poeta.
¡Oh mi casa sin críticos, mi casa donde puede
mi poesía andar como una reina!
¿Qué sabes tú de formas y doctrinas,
de metros y de escuelas?
Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, yo soy grande; cuando dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas...
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde todo!
¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta
y en la última uva libo la última gota
del año que se aleja,
pienso en que tienes todavía, madre,
retazos de carbón en la cabeza,
y ojos tan bellos que por mí regaron
su clara pleamar en tus ojeras,
y manos pulcras, y esbeltez de talle,
donde hay la gracia de la espiga nueva;
que eres hermosa, madre, todavía,
y yo estoy loco por estar de vuelta,
porque tú eres la Gloria de mis años
y no quiero volver cuando estés vieja!...
Uvas del Tiempo que mi ser escancia
en el recuerdo de la viña seca,
¡cómo me pierdo, madre, en los caminos
hacia la devoción de tu vereda!
Y en esta algarabía de la ciudad borracha,
donde va mi emoción sin compañera,
mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.
Mi labio está bebiendo de tu seno,
que es el racimo de la parra buena,
el buen racimo que exprimí en el día
sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.
Madre, esta noche se nos muere un año;
todos estos señores tienen su madre cerca,
y al lado mío mi tristeza muda
tiene el dolor de una muchacha muerta...
Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche Vieja.
y en la última uva libo la última gota
del año que se aleja,
pienso en que tienes todavía, madre,
retazos de carbón en la cabeza,
y ojos tan bellos que por mí regaron
su clara pleamar en tus ojeras,
y manos pulcras, y esbeltez de talle,
donde hay la gracia de la espiga nueva;
que eres hermosa, madre, todavía,
y yo estoy loco por estar de vuelta,
porque tú eres la Gloria de mis años
y no quiero volver cuando estés vieja!...
Uvas del Tiempo que mi ser escancia
en el recuerdo de la viña seca,
¡cómo me pierdo, madre, en los caminos
hacia la devoción de tu vereda!
Y en esta algarabía de la ciudad borracha,
donde va mi emoción sin compañera,
mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.
Mi labio está bebiendo de tu seno,
que es el racimo de la parra buena,
el buen racimo que exprimí en el día
sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.
Madre, esta noche se nos muere un año;
todos estos señores tienen su madre cerca,
y al lado mío mi tristeza muda
tiene el dolor de una muchacha muerta...
Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche Vieja.
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